Final Fantasy VII Rebirth: vivir del recuerdo y expandir los horizontes

Afrontar Final Fantasy VII Rebirth me supuso una catarsis en el sentido más amplio de la palabra. Venía de haber jugado años atrás al Remake; el original ya ni recuerdo cuándo pudo ser. Aun así, el Remake me dejó una sensación de esperanza y muchas ganas de saber cómo continuaba la historia.

El sistema de combate me enamoró. Si hay algo bonito en los hack and slash es saber ejecutar un buen parry. Esa sensación de bloqueo y contraataque es, para mí, de lo mejor que se puede disfrutar con un mando en las manos.

Expectativas altas y un mundo demasiado grande

Encaré la segunda parte de la trilogía con muchísimas ganas. La PS5 necesitaba comer y yo le estaba dando filete del bueno: acción, historia —con momentos en los que vuelves a controlar a Zack—, gráficos espectaculares y un mundo abierto extensísimo.

Y es aquí donde me acabé estancando.

Un mundo abierto repleto de misiones secundarias que, habiéndolo terminado, siento que no mereció la pena dedicarle tanto tiempo. Le dediqué 145 horas y, de ellas, disfruté unas 70. Puedo decir sin exagerar que durante la mitad del juego sentía que estaba haciendo deberes.

Los deberes, cuando vas a la escuela, son obligatorios. Pero a cierta edad —tengo 37 años— siento que cuando cojo un videojuego quiero disfrutarlo, no cumplir tareas.

Me da igual que un juego dure 10 horas o 200: prefiero 10 horas de pura intensidad que 200 de periodos de aburrimiento máximo. Reconozco que el género sandbox no es mi preferido. Por ejemplo, he terminado pocos Grand Theft Auto, y eso que son el exponente del género.

Por eso, entiendo que quien disfrute este tipo de estructura habrá gozado muchísimo Rebirth. Pero yo, personalmente, habría preferido algo más cercano al Remake: una experiencia más lineal, condicionada por las limitaciones de PS4, sí, pero que yo disfruté como un enano reviviendo —aunque con cambios— los eventos del juego original.

Líneas temporales, destino y lo inesperado

Si hay algo que realmente me ha encantado del videojuego es todo el tema de las líneas temporales. Adoro las ramificaciones, el “qué podría haber pasado” o “qué habría sido de todo esto si se hubiera tomado otra decisión”.

Creo profundamente en nuestra capacidad para cambiar el futuro. Aquellos que piensan que el destino de cada uno ya está escrito se pierden, para mí, la esencia de la vida: lo inesperado.

Aquí Rebirth brilla con luz propia.

Personajes: luces y sombras

Sé que podrían haberse tomado otras decisiones más coherentes con la trama. También creo que a Cloud podrían haberle dado un poco más de energía vital —nunca mejor dicho—, porque el tío es soso de narices. Un auténtico pan sin sal. Para ser el protagonista, no me aporta prácticamente nada.

En cambio, Zack y Tifa sí me parecen un dúo con carácter, con las ideas claras y con una presencia que se come la pantalla.

Qué ganas de poder volver a manejar a Zack. Para mí, la tercera entrega merecerá la pena si a Zack se le da la importancia que realmente merece.

Al fin y al cabo, y esta es mi lectura personal, es el verdadero protagonista del Final Fantasy VII original, aunque no lo sepamos hasta llegar a la parte final del juego.

Conclusión: jugarlo, pese a todo

En definitiva, mi recomendación personal es que lo juguéis. Sí, a pesar de todo lo que he dicho antes. Jugadlo.

No os arrepentiréis… aunque puede que haya momentos en los que sí, si compartís mi forma de entender el tiempo y el disfrute. Aun así, los momentos buenos y grandiosos pesan muchísimo más que los aburridos.

Las líneas temporales alternativas están condenadas a morir.
Disfrutémoslas mientras podamos.

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